La Fiesta
Recuerdo la luz roja sobre mí, inundandome y mareando mis sentidos. En realidad, el mareo era a causa del alcohol, y el inodoro estaba lo suficientemente cerca como para que no haga ningún desastre. Mi alma por completo se fue por ese reluciente baño, y unos minutos después, ya estaba mejor, y le permitía a la luz penetrar en mi ser y dejarme volar por los caminos sinuosos de mis pensamientos. Que rápido había pasado todo, que gran golpe en el estomago fueron estos últimos meses. Golpes. Golpes en la puerta. Debe ser Javier, que nunca permite que los amigos caigan y desaparezcan en una nube. Los mantiene vivos para que puedan seguir disfrutando de la noche. Que vamos, que no te quedés ahí tirado. Sí, ya voy. Más golpes, así que me levanté y fui directamente al lavatorio. Javier y Ale me observaban divertidos, mientras mojaba mi cara y nuca y sentía como el frío recorría mi cuerpo. Vida, vida de vuelta a mi.
Volvimos, era el sótano de un edificio en alguna parte de Palermo, aunque parecía más un salón de fiestas y una banda tocaba como hipnotizada en sus propias melodías. Nuestro grupo de amigos reía, totalmente embriagados, totalmente en su burbuja de la que eramos parte, nosotros y el mundo. De vez en cuando se dejaba pasar a un extranjero o alguno de nosotros salía de expedición por los campos blancos de ese pequeño universo comandado por guitarras, pianos, baterías, bajos y cerveza.
Sofía entraba de a ratos por una puerta pequeña de mi cerebro y se expandía como un virus por todo mi cuerpo, hasta que recordaba los por que y lograba volver a expulsarla. Y casi en sincronía con mis pensamientos, alguna persona que estaba alrededor me interrumpía y rescataba del trance, ya sea Javier, Ale, Pamela, José, Hernan o Natalia. Todas personas extrañas, pero personas sin las cuales no podría vivir al fin, me encuentro ligado por completo a esas personalidades, esas formas de vida, aislado y protegido de la fría jungla.
La noche se tornó en día y era hora de partir, y, como siempre, terminamos desayunando en algún bar del centro, tragando hamburguesas, café y cigarrillos. Próximo destino: living de José, más risas y conclusiones sobre nada. Soñar. Soñar que estoy volando, lejos, y abajo los veo a todos, y gritar bien fuerte para que sepan lo lejos que estoy.
Como siempre, el subte de cualquier día y hora termina siendo el mejor refugio para mis pensamientos, pero los domingos… los domingos. Me divertí un rato jugando a manuscrito hallado en un bolsillo mientras disfrutaba de las melodías que surgían de mi reproductor de música. Y además había que votar a un presidente.
Mi casa me recibió con los brazos abiertos, invitándome a una pequeña siesta, la cual no rehusé, pero antes me detuve en el gran sillón negro que siempre mira hacia el horizonte. ¿Cuantos golpes se pueden recibir antes de quebrarse?. En algún punto del alejado paisaje al cual mis ojos no podían llegar se encontraba la razón de mis insomnios, la razón de mis desesperaciones. Significaba una larga y violenta gripe que estaba cediendo, dejando mi cuerpo débil y el gusto amargo en la boca de aquella fiebre que me mantuvo delirando durante meses. De a poco vuelvo a recuperar el apetito. De a poco vuelvo a recuperar las fuerzas. ¿De a poco vuelvo?. Es el miedo a tener una recaida lo que hace que sea de a poco. ¿Y cuanto habían dicho los médicos que iba a tardar en estar completamente recuperado?, ah sí, entre seis meses y dos años, y mientras tanto viviría convertido en zombie, trazando objetivos superfluos, tiñendo lo negro de blanco, aunque sea para que quede en un tono gris. De la guitarra que se encontraba en mis manos escapaban melodías que acompañaban a mi hipnotismo con las calles, en donde cada centímetro escupía una presencia poco probable, una falsa esperanza, ese sí, lo sé, pero igual… Y encima el Sol radiaba. Pero lo más extraño son esas manos que acarician mi frente y la mojan con paños húmedos, entre ellas estaba aquella que lleva ese segundo nombre que tanto golpeó la puerta en mi vida, y aquella que se auto proclama como prófuga pero incitaba a olvidarme de la fiebre, llenar la bañera con hielo y hundirme en ella, para después meterme en la cama y abrigarme. Ah sí, y aquella que también lleva un segundo nombre con la misma raíz que la causante de la enfermedad inicial. Pero que vecinos molestos, ¿por que carajo tienen que ponerse a chusmear justo cuando estoy en la mejor parte?. Mejor me ducho. Ah, y la siesta, con el Yelmo de mi abuelo, el mejor ventilador de la historia de los ventiladores, el más esplendido, el que le pasa el trapo a cualquier aire acondicionado, de pie, de acero inoxidable, una turbina de avión que me hace volar y caer sobre un colchón de plumas de pecho de ganso de Canadá, me arrulla y en el umbral entre la vigilia y el sueño me lo recuerda en aquellas tardes en donde él se cebaba unos amargos y a mi me hacía una chocolatada o café con leche con tostadas y manteca(y a veces mermelada también), mirábamos la tele y se quedaba dormido en su mecedora ya aburrido de los dibujitos que tanto le gustaban al nene. Pero que sueño, che. Mejor me duermo.
Las dos de la tarde y la bestia mecánica que me lleva a lo que va a ser un pequeño tajo en una herida que había cerrado hace tantos años que ya no existen calendarios que puedan datar de esa época. Segundo grado había sido, y me encontraba haciendo una extensa cola para depositar mi voto en el aire, porque, claro, no era mi intención el resultado final, pero no me encontraba con ganas de reflexionar acerca de política y la telaraña que envolvía mafias y fraudes. El cuarto oscuro fue el golpe más bajo, dilucidé un Marcos de siete años, con la cabeza apoyada en el pupitre, llorando porque minutos antes la maestra no reconoció que la tarea faltante había sido a causa de una salida temprana el día anterior para una visita al médico, y que, claro, ningún compañero se la había pasado porque Marcos-el-nariz-transpirada era amigo de nadie. Mala nota. Mal día. Que ya va!, estoy metiendo la boleta en el sobre, carajo, esperen. Y con la cara entre perdida, asustada y hostil deposité ese maldito sobre de una puta vez en la urna. Y el baño con azulejos celestes en donde lavé mis manos para sacarme la tinta que chorreaba del sello del documento(sí, chorreaba) me mostró al mismo Marcos escapando por la puerta de atrás, que llevaba al natatorio y dejaba vía libre para la entrada y salida de cualquier persona. Y la plaza que estaba a tres cuadras que me resguardó durante horas, hasta que sentí que era suficiente y volví a casa. Esa casa en donde él entraba y salía de mi vida una o dos veces por mes, desde que tenía un año o algo así, alegando demasiado trabajo y demasiada presión. Madre siempre supo como prepararme para que catorce años después arme esa extensa factura que envié por correo electrónico. Y salir del colegio y ver esas calles de las cuales no hacía siquiera un año que había abandonado, la lluvia de pensamientos en forma de dagas penetraron en mi cabeza y sentí una leve sensación de desmayo, sin perder tiempo encendí un cigarrillo y traté de ir lo más rápido posible hasta la parada del colectivo. Grave error había sido tomar la misma ruta que frecuentaba y terminar en la vereda que estaba cerca de mi no-casa, sentado, observando a Marcos abrazado de Sofía yendo y viniendo de aquella avenida que tantos encuentros había presenciado.
Menos mal que el colectivo llegó rápido.
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Me lei todo todo eh!, los 2 post largos
Un abrazo!!!
NeO24666
Andres
Comentario por NeO83666 — Noviembre 1, 2007 #