Hogar, dulce hogar

El llamador de ángeles que colgaba en una de las vigas de la galería se balanceaba divertido, acariciado por el suave viento de una noche en la que una tenue llovizna refrescaba el parque luego de un intenso día caluroso. Dentro de la habitación la única luz provenía de un celular agotado que ahora llenaba sus entrañas con energía. La brasa de un cigarrillo desafiaba su rincón de oscuridad con un histérico destello, y detrás de ella brotaba una densa columna de humo que se fue desintegrando mientras demostraba que su destino no era importante siempre y cuando fuese hacia arriba.

La casa gemía intranquila y esto podían detectarlo los seis ovejeros alemanes que ya no dormían en sus prolijos caniles y se paseaban de un lado a otro, agitados pero pacientes a los pequeños pasos que comenzaron a escucharse a lo lejos. Y luego más cerca. Llegando a la tranquera del enorme parque que seguía recibiendo ahora una fina capa de rocío. Los pasos lograron escabullirse entre la unión de la puerta de madera y el poste que la sostiene, y, ahora, sigilosamente, se acercaba, ansioso, buscando comida, refugio, lejos del agua y del nuevo frío que abrazaba esa madrugada sin luna.

ovejero.pngLos furiosos ladridos sonaban a la distancia y aquella brasa de cigarrillo cayó y explotó en millones de estrellas que iluminaron por unos instantes el suelo. En menos de una milésima de segundo podía verse a tres de las bestias abalanzadas sobre un pequeño cachorro cuzco, destrozándolo, haciéndolo volar de un lado a otro y entre ladridos, chillidos y gritos, dos manos tomaron las correas de los ovejeros más grandes y peligrosos y fueron apartados violentamente de la diminuta víctima. El tercero, al ver la rabia de las manos salvadoras y a sus compañeros lejos ya, corrió espantado, dejando a un mamífero completamente agotado, lastimado, shockeado y entregado a su suerte.

- Fue demasiado tarde – anunció a su madre que lloraba desconsoladamente por el contratiempo – de todas maneras estaba sarnoso y si no se moría por eso, lo pisaba un auto. Los perros lo sacaron de su miseria.

Dos horas más tarde, luego de enterrar al difunto animal, no era difícil comparar su situación como la de una mosca que cae accidentalmente en la tela de una enorme araña, y es por eso que los ovejeros no pudieron recibir una reprimenda, no se pueden negar las leyes naturales.

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One Comentario

  1. Esa no me la contaste… Cuando paso?… Pobre perro.

    NeO24666
    Andres

    http://www.neo83666.com.ar:8080

    Comentado febrero 7, 2008 a las 1:09 pm | Permalink

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