Siglo Pasado

Desperté en una habitación que conocía solo por historias externas. Los discos de vinilo se apilaban en una biblioteca improvisada con ladrillos de construcción y tablones de madera. Había posters de Robert Smith, Prince, Soda Stereo y hasta creo Durán Durán, diseminados por todo el departamento, con sus pisos de parqué y el aspecto de casa de adolescente. Una heladera que comenzaba a ronronear me sacó de mi estado hipnótico, la luz gris entraba por una ventana que delataba una escena llena de un aire perteneciente al año 1988. Me asomé por ella y pude confirmarlo; un Pumper Nic a mitad de cuadra brillaba en todo su esplendor y afiches de Alfonsín se despegaban poco a poco en algunas paredes, con esa gente vestida y peinada igual que hoy, solo que los autos no eran modernos.

¿En que momento llegué acá? ¿antes, después? ¿después del antes o antes del después? Sí dormía-por haber despertado- nunca lo supe, mi cuerpo no sintió el cambio de clima, ni cuando el ventilador dejó de sonar ni Sol París dejando de maullar. Tampoco logro recordar quien golpeaba la puerta, o si llegué hasta ella después de haber tropezado con la silla que parecía intencionalmente puesta a mitad de camino, tapándome la boca por el dolor y hasta creo que había sangre. Pero ahora no.

El calor me fue subiendo desde los talones cuando escuché una voz familiar en un tono mucho más joven detrás mio. No, yo tampoco sabía que estaba haciendo ahí, pero sí se tocar una guitarra, y eso que está ahí no lo es. Hacía frío, cerré la ventana y me senté entre dos pilas de diarios a observar el agujero en el universo que me trajo hacia ese momento en donde hasta la primaria estaba muy lejos todavía para mí, ese yo que estaba en otro lado, comiendo Frenny’s en otro Pumper, o visitando el mundo del juguete, adorando los camioncitos a batería que siempre el abuelo me llevaba a alquilar en el parque Avellaneda, con el trencito que se metía por zonas prohibidas para el peatón y la casa de los Olivera, con la abuela que me pasaba caramelos Fizz y me retaba porque asomaba la cabeza.

En un rincón de la habitación estaba la caja de cartón de las Mayco con mis juguetes, la pelotita de acero y los Lego, que siempre terminaban perdiéndose cada vez que jugaba con los autitos. El tetris había quedado lejos y ya estaba cansado de eludir preguntas, me levanté y lo dejé hablando solo. La atmósfera me oprimía el pecho y tomé el único camino que podía ser seguro, linea A hasta Primera Junta, seguro que desde ahí podía patear(una vez que haya descubierto como conseguir cospeles para el subte) hasta la casa del abu y verlo una vez más, seguro el sabía, siempre sabía. Pero el camino fue cambiando, estación por estación me asombraba al ver como las lamparitas amarillas cambiaban por tubos fluorescentes, los molinetes con palos de madera se convertían en acero y las boleterías no exhalaban aliento a viejo. Finalmente, el logo de Metrovías que me esperaba al final del recorrido me trajo de vuelta, y al salir me encontré en otro pasado. Caminé algunas cuadras y me vi, con anteojos, entre adolescentes nerviosos y llenos de adrenalina, los uniformes de pantalón bordó y chombas blancas, el escudo del secundario y un Excelsior sin remodelar. Marcos se apoyaba contra una pared y encendía uno de sus primeros cigarrillos, tosiendo y riendo con Ezequiel, delineando un fin de semana lleno de Gancia y cerveza. Decidí que si podía modificar el espectáculo, lo haría.

-Oíme, tarado, mejor que vayas volviendo para tu casa, que te espera el idiota ese que está planeando irse a vivir a Inglaterra y dejarlos a vos y tu vieja solos.

Nada. Era como si yo no estuviera ahí. Espectador de una horrible película de mi vida, sin poder ser parte de ella, el guión estaba escrito y nada podía hacerse más que caminar a la par de ellos, que ahora iban hacia plaza Flores, parar en la revistería a leer algunos comics y hablar de pelotudeces, como todo secundario, gaseosa de por medio, y, hasta a veces, algún combo de lo que debería haber sido Pumper. Fleco, fleco, fleco, cuan equivocado estabas al contarle a Ezequiel esas cosas tan privadas de tu fin de semana y hacer de intermediario entre amigos. Tendrías que haber comprado el muñequito de Janis Joplin para tu vieja y cerrar la boca. O terminar comiendo merenguitos en su casa, con la Play y el Tony Hawk y el pancho con papas y salsas, una novedad en Rivadavia y Nazca. La matiné de los sábados y dale, vieja, dame plata para ir a bailar, hoy es el cumpleaños de Laura y van a ir todos.

No quería seguir soportando, pero tampoco podía escapar, arrastrado ahora desde un lado hacia el otro por mi otro yo, más joven, reprochando problemas irreprochables. Cerré los ojos y apagué mis oidos. Y así estuve mucho tiempo, hasta el trueno que me hizo vibrar. Un pájaro de colores que nunca había visto antes se posó sobre una rama y me miró directamente, obligándome a permanecer espectador. Señaló con su pico el cielo, que se convirtió en un extenso manto azul, con una linea llena de puntos blancos en hilera que coincidía la avenida, y comenzó a moverse lentamente hacia el lado contrario al cual me dirigía(siempre arrastrado). Los edificios a mi alrededor tomaron un color violeta, convirtiéndose en una masa viscosa, derritiéndose, poco a poco, invadiendo la calle desde ambos lados. Todo seguía como si fuera un día más, soleado, lleno de colectivos y viejas que volvían a sus casas con las bolsas del supermercado llenas, pero no yo, que había quedado atrapado lentamente en la masa que ahora tenía metro y medio de profundidad y seguía subiendo. Cuanta más fuerza ejecutaba, más firme quedaba en esa mermelada que olía a lavanda y canela. Volví a cerrar los ojos cuando la marea alcanzó mi nariz. El pájaro ya no estaba cerca y una ráfaga de luz danzaba en el horizonte.

Los átomos que unían mi cuerpo decidieron separarse y tomar rumbos distintos, nadando, flotando, esparciéndose por el aire, llenando cada punto de la ciudad formando una fina capa entre el ahora océano violeta y el cielo que ya no era cielo, sino una mezcla nerviosa de luces que iban y volvían. Y ahora bajaba, como queriendo demostrar su superioridad frente a la tierra, y yo en el medio, desatomizado y formando parte del nuevo matrimonio. Solo que cuando el cielo(la masa de luces) se unió con la viscosidad violeta, todo fue nada, y dejé de existir. Pero, ¿fue antes o después?.

Golpean la puerta, la tormenta estaba instalada y la sangre brotaba de mi boca, Sol París maullaba y el ventilador cortaba el aire.

2 Respuestas a “Siglo Pasado”

  1. Lucas dice:

    Man, no sabia que escribias. Todo esto es muy groso, ya me lo voy a fumar todo con mas tiempo.
    Ahora, tengo algo mas en lo que admirarte.
    Un groso.

    Abrazo.

  2. Mbrotos dice:

    Que buen paseo, pensar que el Pumper Nic de Rivadavia y Parral fue uno de los primeros lugares a los que fui solo a comer con mis “amigos”.
    increíble como los caminos se cruzan…

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