Sol París había desaparecido del bar en el que estaba y mi desesperación comenzaba a aumentar. Terminé mi cerveza de un sorbo y me dirigí con Walter hacia lo que parecía ser una terraza demasiado grande como para ser terraza. El cielo estaba completamente despejado y el clima templado, un día perfecto, un suelo rojo, unas paredes blancas de medio metro de altura, podían también observarse árboles en el horizonte, bosque, diría yo. Recordé a Beatríz, recordé su boca, su dentadura perfecta rodeada por esos grandes labios y su mirada que penetraba paredes de concreto. Recordé su esbelto cuerpo caminando con gracia, sonriendo desde lejos, brillando en el departamento y acercando el café. Su voz tenía un tono tal que podía hipnotizarte, miel. Recordé su funeral.
Exactamente a partir de lo que parecería ser la mitad de esta terraza, se alzaba ante nosotros un piletón de proporciones descomunales, su largo llegaba hasta donde la vista lo hacía, y su contenido; agua dorada, como si habláramos de jugo de manzana o pis, pero más clara, era agua de oro. No reflejaba la luz del Sol, sino que la consumía, no había ningún tipo de movimiento sobre el extraño liquido, ni siquiera una tímida ola, se encontraba en un estado de completa serenidad.
A medida que me iba acercando, temiendo por la vida de mi Sol París y su ansiosa curiosidad, fui notando pequeñas imperfecciones sobre la superficie liquida, dos para ser más precisos, puntiagudas, peludas, y mi instinto gritaba a los cuatro vientos que eso eran dos oídos felinos. Corrí para socorrer a lo que parecía ser mi gata, y cuando metí mis manos en el liquido, que se sentía espeso, sin olor, limitando ligeramente mis movimientos, algo me mordió, y no era Sol París, sino un coyote muerto, pero que nunca se fue de este mundo. Algo más me mordió, y otra vez, pero estas mordeduras no contenían dolor, sino advertencias. Y de repente el liquido se hizo transparente, manteniendo su tono dorado. Pude ver en el fondo de esta pileta un cementerio de barcos de papel, y los coyotes, con las cuencas de sus ojos completamente vacías, pero dirigiendo sus miradas hacia mí. Temblé por un momento, pero decidí que no me iba a ir de ese lugar sin ella. Hundí aún más mis manos revolviendo la nada y alejando a esas sanguijuelas que no terminaban de convencerme de su angelical o demoniaca presencia. Y de repente, desaparecieron.
En su lugar, lo que era el piso en donde estaban los barcos, se desvaneció, barcos incluidos. Y la pileta se hizo cuatro veces más profunda, y en el nuevo fondo de ella, una playa, que se extendía a lo ancho mucho más allá de los limites determinados por el piletón , con su correspondiente mar, solo que este mar en vez de ser agua era gas, púrpura, y oleaba como cualquier otro mar, divertido, haciendo alarde de su difuso color. Sobre la arena, que era del mismo tono dorado que el liquido, había gente. Con sus respectivas mallas y bikinis, disfrutando del día soleado. Quedé perplejo ante tal espectáculo, quise confirmar mi visión con Walter, pero el ya no estaba hacía largo rato. Traté de definir si estaba mirando al fondo de la pileta o si estaba mirando a través de ella hacia otro lugar, no pude. Quedé con mis manos extendidas dentro del liquido contemplando la escena y preguntándome como es que toda esa gente podía estar tan felizmente disfrutando de este día cuando un tipo aparece en el cielo con sus manos extendidas buscando a un felino que tal vez haya sido devorado por coyotes que viajan en barcos de papel y que perdieron sus ojos en algún lugar del universo.
Así estuve un largo periodo hasta que mi corazón se detuvo. A mi derecha, entre toda la gente tirada en el suelo sobre toallas y esterillas, con sus anteojos de sol, radios, sombrillas y pelotas inflables, alguien caminaba con gracia, brillando, y pude ver que estaba sonriendo, mirando nada. Vestía bikini y pareo, iba descalza y en una mano llevaba un gorro de paja. Se dirigía hacia una puerta a mi izquierda abajo y de ella colgaba una cortina de filamentos también dorados. Completamente conmocionado ante la situación, quise gritar, pero no pude, algo me detuvo, alguien me interrumpió. En lo que vendría a estar a la altura de mi centro de visión caminaba lentamente un hombre. El no estaba para la playa, llevaba pantalones negros como su pelo y musculosa blanca, tan blanca como su piel llena de tatuajes. Aunque sí descalzo. Venía desde la dirección del mar con su vista clavada en mi, sin ningún tipo de expresión facial, y se acercaba, cada vez más. Mi cuerpo se estaba llenando con un frío que nunca había experimentado, un frío gaseoso. Retiré mis manos de la pileta, tenía que bajar con Beatríz, tenía que encontrarla, tenía que tocarla para saber que era real. Giré hacia mi derecha y mi aliento se fue a pasear por el bosque, frente mío estaban esos ojos celestes como la mañana mirandome directo, a menos de veinte centímetros de mi cara.
-Abajo no podés ir.-fue lo único que dijo, y desapareció, convirtiéndose en gas.
Enloquecí. Bajé sacudido por la emoción de vuelta al lugar del inicio y Walter estaba golpeando una silla contra una columna, enfurecido. Parecía enterado de mi evento, quería bajar hacia la playa de todas formas, hacerme llegar hasta Beatríz, pero yo sabía que tal intento era inútil. Subió corriendo las escaleras. Sol París me miraba desde una mesa, emitiendo maullidos de saludo, se relamía una pata y me esperaba a su lado. Me senté con ella y mientras tomaba una cerveza y acariciaba su lomo escuché una botella romperse arriba.
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One Comentario
Que buen lime!! esta genial!
A Dali le hubiese gustado este relato
en parte esto me ecordo algo….en diciembre empieza lost de nuevo!!???