Vuelta

Los arboles bailaban en un suave ritmo con ayuda del viento en un día que dejaba atrás una ola de calor insoportable y traía consigo los primeros indicios de la llegada del otoño sin ofuscar demasiado al verano. Solo un pequeño indicio, recordarnos que no somos dueños de nada y que estamos alquilando cualquier centímetro de tierra que pisemos. Llegará el día en el que la misma naturaleza se cobre nuestra estadía, y creo que en algunas partes del mundo ya lo está haciendo.

Mientras tomaba un café en un balcón sobre Rivadavia veía como poco a poco al parque iba llegando gente de todos lados, a fin de disfrutar el día que se estaba desarrollando. Decidí que ya había pasado demasiado tiempo desde que di el primer sorbo así que bajé a mezclarme con toda esa gente, en el primer hueco de pasto que encontrara libre. No sin antes llevar conmigo una segunda vuelta de cafeína, que es tan importante para permanecer frenético en el pequeño espacio al que nos han convencido que debemos vivir sin cuestionar.

Sentado en la marea verde, y tratando que las hormigas no me piquen el culo, me sumergí en lo que mejor se hacer; observar. Gente, gente, gente. Gente con pequeña gente, gente con gente mayor, gente besándose con otra gente, gente vendiendo a más gente. ¿Mencioné que lo primero que observé fue gente? Prometo que no fue lo único, en el medio del parque podía escuchar como desde otro universo llegaba el ruido de autos, camiones y colectivos hasta donde estaba sentado, tratando de despegarme del suelo y flotar en pensamientos sin sentido. Ah, ahí va gente que cruza el parque con bolsas de supermercado para convertirlas en algún almuerzo familiar, mamá, papá, los nenes y probablemente algún abuelo o tío.

Palomas se comenzaron a congregar a mi alrededor y empecé a convertirme en una suerte de estatua, mientras una voluntaria limpiaba con un rastrillo las hojas y sentía un frío en la espalda al percibir una presencia que no estaba ahí, entre las palomas. Apuró el paso y se alejó rápidamente, con las hojas muertas pateándole los talones y el sol que empezaba a pasar el mediodía y jugaba con mi sombra.

Así estuve un rato, sintiendo al tiempo dándome tregua, agazapado en un rincón de la casa que no veía hacía dos años, la casa que dejé por creerme un aventurero, un rebelde del sistema, una anomalía atrapada entre tantas anomalías, pero se estaba tan bien con el reloj detenido. Y nadie que… ring!

-Marcos, ¿como es eso que volviste y no llamás para avisar? – Reclamaba Malena desde el otro lado de la línea.
-Volví ayer, boluda, déjame acostumbrarme un poco al aire cargado de carbono.
-Sos un pelotudo, ¿Dónde estás?.
-En el parque, ¿donde más voy a estar un sábado?
-En media hora estoy ahí. –Dijo, sin darme tiempo a excusarme, y cortó.

Después de mezclar mate con Malena durante horas y su interminable explicación a la vida, el universo y todo lo demás, fuimos a la casa de Dante, para que me den la bienvenida.
-Cara de verga, vale mandar un mail de vez en cuando para que supiéramos que estabas vivo. – Dante reclamaba en el mismo tono que Malena. Hacía tiempo que estaban viviendo juntos.
-Como se nota que te estuviste juntando seguido con Javier, maleducado de mierda.
-Si, parece que se volvió una constante en nuestra vida, como vos, pelotudo. –se apuro a objetar Malena.
-¿En que agujero estuviste metido todo este tiempo, salame? –preguntó Dante.
-Acá, allá, en ningún lado, buscándome, perdiéndome, encontrándome y volviéndome a perder.
-Siempre tan literario, vos. – se burló Malena.
-Te perdiste unas cuantas cosas. – agregó Dante – Sofía…
-Sí, ya me enteré, déjalo ahí. – Respondí – ¿Qué más?
-Se murió tu ex presidente. – dijo Malena.
-Che, no vivi adentro de un tupper, a los diarios los leía. – Dije
-Ah, la señorita se molestaba en leer los diarios de acá pero no en comunicarse con los amigos. – Protesto Dante.
-Cortala, diseñador de porongas, no me era fácil estar allá desconectado de todos.
-¿Desconectado como? ¿Qué estuviste haciendo? – Preguntó Malena.
-Ya les voy a contar en algún momento. Parece que estamos a las puteadas en honor a la ausencia de Javier. ¿Dónde está?
-De viaje en Córdoba, desde que te fuiste le agarró esa costumbre de desaparecer como vos, pero en intermitencias, no puede alejarse realmente de su mundo, se muere si no está cerca de su mascota por más de una semana. Probablemente esté volviendo en estos días. – Dijo Dante.

Entre mates y palabras al aire, la tarde fue pasando hasta convertirse en noche y la merienda en cena, acompañada de cervezas y más palabras al aire. Entre platos sucios y la nube de humo que se fue formando con el tabaco de sobremesa, Malena sugirió ir a un bar a seguir la noche.

Luego de acceder a ir y una previa parada en casa para deshacerme del pasto que me había quedado en los bolsillos, la espalda y pliegues del pantalón, nos dirigimos al bar de siempre, que en mi caso ya no era el de-siempre pero lo mismo sí lo era.

Más cervezas, Malena y Dante ya entonados bailando torpemente entre la barra y la gente y yo observando, una novedad. A estas alturas creo que paso más tiempo observando una película que pasa delante de mis ojos que el tiempo que participo en ella, y se siente tan solitariamente bien.

Aves de rapiña de un lado, presas del otro, un dios dj(o vj en este caso, los videos son su fuerte) que cambia el clima musical cual nube caprichosa que no sabe en que alma llover. Y la eterna barra que servía alcohol sin descanso a un público que estaba cada vez más borracho, incluyéndome. Una escena interesante y familiar se apoderó de mis ojos; una ronda de tipos estallaba en carcajadas una y otra vez mientras uno de ellos contaba una anécdota con la que parece ser una conocida de ese grupo. Hablaban de ella despectivamente, como si fuera un elemento inerte y sin alma. Entre la música, el alcohol, las bajas luces y su aspecto de seres superados, sentí lástima por el mundo que me rodeaba y por mí. Tomé un largo sorbo de mi cerveza recién abierta y calculé el tiempo que me llevaría vaciarla. Siete minutos, dijo mi reloj corporal.

Alguien me dijo algo en algún momento, pero no lo capté al estar tan lejos de la realidad. Luego me di cuenta que eran Dante y Malena ofreciéndome llevarme a casa y cuando estaba notando que un viento acariciaba mi cara, me encontré sentado en el asiento de atrás del auto de Dante, mirando la noche invadida por las luces de la ciudad.

Bajé en la casa de ellos y caminé desde ahí. Imaginando la inestabilidad de los sucesos que estaban por venir. Después de cuatro cuadras que pasaron volando entre divagues varios, llegué a casa.

Antes era puro estudio

Escribir es como respirar, antes de decir nada hay que llenar los pulmones, oxigenar la sangre, tomar impulso y dar el salto. Así como nunca se sabe si la bocanada viene acompañada del hipo, es prácticamente imposible premeditar el inicio, podría terminar en una absoluta catástrofe en donde solo quede un puñado de palabras flotando en el aire, perdidas, desagradecidas, pero asesinas, mutilando a su dueño luego de haberle construido una jaula alrededor y oprimirlo hasta dejarlo, irónicamente, sin aire. Lo único que queda es entonces realizar el experimento de Schrödinger y abrir la caja, averiguar si el gato está vivo o muerto, porque parece que en nuestro contexto no pueden darse los dos casos al mismo tiempo.

- A ver si volvés a la realidad que acá estamos con algo importante, Dante.
- De que hablan, che?
- Malena dice que es imposible evitar el problema del como-te-va.
- A mi me va bien, estaba pensando en gatos.
- A vos hay que explicarte todo, salame. – Sofía tomó su típica postura de piernas cruzadas, y dándole un buen sorbo a su cerveza, continuó – Cuando saludás a alguien, parece haber como una complicidad tanto en el emisor como en el receptor, los dos preguntan al mismo tiempo(después del hola) un como te va o como andás que no tiene ningún tipo de respuesta, el dialogo termina ahí y es como si la frase nunca hubiera existido.
- Yo nunca tuve ese problema, cómo te va?.
- Es porque vos te dedicás a lo social. Diseñás, es una forma de comunicarse. Lo tenés desarrollado. Pero el resto de los mortales no es inmune y cada vez que pregunto a alguien como le va y no me responde, me revienta, dan ganas de enterarse que se está por morir.
- Si fuera por vos, que se mueran todos los presentes en este living. Pero igual no me respondiste como te va, te quejás pero estás en la misma bolsa, aprendé a no ser hipócrita.
- No entendés, la solución está en el problema…
- Vos no entendés -interrumpió Javier-, si a mi me preguntás como me va un Domingo a las ocho de la mañana yo te vomito en la cara y pido la cuenta. Pretendés confrontar a una pregunta desinteresada que se usa por pura cortesía solo porque te encaprichaste con saber como le va a la otra persona, y ni siquiera te interesa.
- Ahora se ponen todos en mi contra – protestó Sofía.
- No, yo pienso igual que vos – siguió Malena -, pero no podés culpar a la gente que no te responde, la mayoría de las veces es miedo al dialogo, creen que con la pregunta ya zafaron de quedar como unos antisociales y en realidad lo que están haciendo es reafirmar el concepto. Como te va? y no te responden. Listo, es un perfecto pelotudo, pero tiene su ventaja. Ante su silencio yo asumo que no me respondió como le va porque en realidad esa misma mañana descubrió que le va como la mierda y ahora mientras hablamos se está hundiendo una gillette en las venas. Yo no me quiero enterar esas cosas de los desconocidos, no sirvo de psicóloga ni mucho menos cargar en mi consciencia con fiambres.
- No hablés de fiambres que Javier se pone loco – bromeó Dante y le cayó un bollito de papel.
- Te vómito en la cara, gil – dijo Javier -. La realidad es que no van a tener respuesta nunca, quieran o no, el verdadero dialogo se da entre los de confianza, aunque no haya contenido. Yo directamente digo Hola y se acabó la historia, si me preguntan como me va les digo que seguro mejor que ellos, y que no me rompan las bolas porque les dejo todo el baño cagado.
- Vos y tus metáforas -dijo Dante.
- Que metáforas?, les lleno el inodoro de mierda y ahí sí les va a ir mal, por si quedaba alguna duda.

A fin de cuentas parece que en realidad no importa. Si te va bien, te va mal, la que te llora en la tumba es tu mujer o tus hijos, si es que todavía alguno te habla y si tuviste mujer e hijos en algún momento. La luz se puso un poco tenue y se habla de cualquier cosa acá, antes era juntarse a hacer trabajos prácticos, estudiar, ahora es pura cerveza y filosofía barata. O el Fernet en su medida justa, con la cantidad de hielo exacta y una fina capa de espuma, después te queda un poco en el labio y la lengua la recoje satisfecha, saboreando ese primer trago que enciende todos los sentidos, recorre todo el sistema digestivo endulzándolo y pide más.

- Che, quedó Fernet ? – dijo Dante levantándose y dirigiéndose a la heladera.
- Vos te quejás, pero también usás Converse, o sea que tenés algo en común con ellos – le reprochaba Malena a Sofía.
- No me jodás, no pasa por la ropa, es la mente lo que interesa, y no me podés decir que no se visten como un teletubbie drogado – dijo Sofía.
- No, pero es una etapa, después crecen y tienen una vida – dijo Malena.
- Mentira, esos pibes se mueren sin haber aprendido nada de la vida. Y no es vive y deja morir, cuando vas al shopping están por todos lados y no te dejan ser – dijo Sofía.
- Ah, la señorita todo el día de shopping – dijo Javier -, bancátela, así funcionan las cosas hoy.
- Siempre tan conformista, Javier – dijo Sofía -, ahora me vas a decir que te podés sentar a leer tranquilo en el Abasto y que son parte de un paisaje pintoresco.
- Yo al Abasto voy al cine nada más – dijo Javier-, cuando me toca gratis, y me divierto haciendo ruido en mi butaca, la gente se escandaliza tanto cuando no seguís las reglas, lo más gracioso es que después ellos tienen el celular encendido o mastican con la boca abierta, te dan ganas de escupirles en la cara para que sientan lo molesto que es.
- Como hacer ruido desde tu butaca – dijo Malena.
- Es distinto -dijo Javier-, yo protesto contra el metódico funcionamiento de este sistema. Por que tengo que viajar parado en el subte si pago la misma cantidad que los que viajan sentados?. El tema está en que a la administración no le interesa el usuario, ellos quieren hacer circular la moneda teniendo toda la infraestructura atada con alambres. Que viajen todos como ganado, total nadie hace nada porque están más preocupados en rellenar sus vidas con cosas rutinarias. Se quejan desde su lugar, claro, pero sentados como cerdos en frente de un televisor y viendo programas de chimentos. “Mirá como está el país, es una vergüenza” te dicen, pero si les preguntás que están haciendo para cambiarlo se ruborizan y se cagan encima.
- Hoy estás con la idea fija – dijo Sofía-. Y vos que hacés para cambiar las cosas ?
- Avivo giles – dijo Javier.
- Muy profundo – dijo Sofía.
- Exactamente – dijo Javier-, y no me dejo engañar por esta capital. La superficie está llena de gente que cree que piensa y que tiene su vida hecha, hasta acá llegamos y ya no hay más que hacerle. Al país le va mal porque la culpa siempre es del otro, y cuando saben que la culpa es de ellos, que hacen ? patean la pelota, siempre. Vos te dás cuenta de que estaríamos un poquito mejor si cada uno asumiera responsabilidad?. Y no soy conformista.
- Pero así no tiene gracia – dijo Dante ubicándose de vuelta al lado de Malena -, de que te sirve a vos que todo el mundo empiece a pensar? lo único que lograrías es dejar en evidencia que sos un tarado.
- Vos asumís que yo creo que pienso un poco mejor porque el resto de la gente está idiotizada -dijo Javier-. Acá Darwin tenía razón, y no con el más fuerte físicamente(a veces sí, pero no), sino con el más fuerte de mente. Tenés el pequeño grupo de personas que vive bien porque supo usar su inteligencia y tenés al resto, ahí te encontrás con ignorantes, cómodos y resignados, y a esos no los podés descartar porque existen los derechos humanos.
- Que comentario oscuro, nene – dijo Malena golpeándole el hombro.
- Hay un poco de verdad en eso – dijo Sofía – suponete que seamos todos de mente superior, sabés que lindo quilombito intelectual se armaría?, es un equilibrio. Pero vos entonces no te quejés y aprovechate de eso, sino para mi sos un más.
- No me importa lo que pienses – dijo Javier -. Yo vivo mi vida y la vivo feliz.
- Amén – dijo Dante, y se terminó de un sorbo su Fernet.

Y quienes somos nosotros para juzgar? porque acaso podría venir uno superior a nosotros y nos da de a patadas en el culo. Nos divertimos apuntando los defectos de la gente pero los defectos los traemos nosotros. Ellos tal vez ni se percatan de nuestra existencia y acá estamos, como unos boludos discutiendo sobre su ropa. Yo tenía que terminar con un diseño hoy, pero que paja. Mañana me levanto temprano y listo.

Más tarde, cada uno siguió por su lado, Dante dejó a Malena, que estaba bastante borracha, en su casa, la metío en la cama y le dejó el balde al lado por si quería vomitar, este Javier siempre con sus premoniciones. Se volvió a poner la campera y salió al frio de la noche, que no albergaba ninguna nube nocturna y llenaba el cielo de pecas blancas, moviendose lentamente hacia la salida del Sol. Compró unas facturas calentitas en la panadería de en frente. Esto sí que es vida – pensó -. Yo en mi pequeño mundo con mi mate, Male y la pc, en ese orden. No podría sentirme más ignorantemente satisfecho. Buen día, como le va, me dá La Nación?.

Apagón

No tenía cara. Por supuesto que estaba ahí, pero era como sí. Tampoco tenía cuerpo. Ni altura. Se movía dentro del grupo como si fuera un fantasma. Indeseado, pero fantasma al fin. Se venía en tren desde el conurbano solo para confirmar una y otra vez que no pertenecía al grupo. Ni a ninguno. Y es por eso que los ataques psicóticos brotaban cada vez, tratando de llamar la atención. Tratando de encender una luz cuando por su cuerpo(su no-cuerpo) no corría electricidad.

Trabajaba de administrativa. Moviendo papeles de un lado a otro y cumpliendo horarios tan normales y rutinarios como el amanecer, ese que miraba con nostalgia y preguntaba en que rincón de su vida había perdido la voluntad de querer entender los colores primaverales, el rocío, el olor del pasto húmedo y, por supuesto, el gusto del café.

Su oscuro pelo caía sobre el rostro de aquellos hombres con los que creía estar haciendo el amor, en una completa histeria que los envolvía y terminaba espantando, llorando sin poder sentir el calor de la piel ajena y sumergiéndose en Radiohead, PJ Harvey y Fiona Apple. El sexo terminaba siendo un elemento más en su inventario de absolutamente-nada, ahora llueve y las gotas recorriendo una mano sin nervios, sin frió ni calor, frotándola contra el jean, secando el vacío.

Estaba acostumbrada a que su aniversario sea un año más en su documento, aunque aquella noche fue ligeramente descubierta por un tal Sebastián, mucho gusto. Terminar en su cama roída por desesperanzas y resignación, transformadas en un desayuno que le prometía un cambio de rumbo, uno en donde se cante el feliz cumpleaños y se regalen rosas y el quedate conmigo, que no tenemos que hacer nada este Domingo.

Pero como ella ya suponía, algunos meses después, cuando casi logra despertar del letargo, Sebastián aburrido siguió el rumbo solo, argumentando falsas excusas y no-sos-vos-soy-yo.

Siglo Pasado

Desperté en una habitación que conocía solo por historias externas. Los discos de vinilo se apilaban en una biblioteca improvisada con ladrillos de construcción y tablones de madera. Había posters de Robert Smith, Prince, Soda Stereo y hasta creo Durán Durán, diseminados por todo el departamento, con sus pisos de parqué y el aspecto de casa de adolescente. Una heladera que comenzaba a ronronear me sacó de mi estado hipnótico, la luz gris entraba por una ventana que delataba una escena llena de un aire perteneciente al año 1988. Me asomé por ella y pude confirmarlo; un Pumper Nic a mitad de cuadra brillaba en todo su esplendor y afiches de Alfonsín se despegaban poco a poco en algunas paredes, con esa gente vestida y peinada igual que hoy, solo que los autos no eran modernos.

¿En que momento llegué acá? ¿antes, después? ¿después del antes o antes del después? Sí dormía-por haber despertado- nunca lo supe, mi cuerpo no sintió el cambio de clima, ni cuando el ventilador dejó de sonar ni Sol París dejando de maullar. Tampoco logro recordar quien golpeaba la puerta, o si llegué hasta ella después de haber tropezado con la silla que parecía intencionalmente puesta a mitad de camino, tapándome la boca por el dolor y hasta creo que había sangre. Pero ahora no.

El calor me fue subiendo desde los talones cuando escuché una voz familiar en un tono mucho más joven detrás mio. No, yo tampoco sabía que estaba haciendo ahí, pero sí se tocar una guitarra, y eso que está ahí no lo es. Hacía frío, cerré la ventana y me senté entre dos pilas de diarios a observar el agujero en el universo que me trajo hacia ese momento en donde hasta la primaria estaba muy lejos todavía para mí, ese yo que estaba en otro lado, comiendo Frenny’s en otro Pumper, o visitando el mundo del juguete, adorando los camioncitos a batería que siempre el abuelo me llevaba a alquilar en el parque Avellaneda, con el trencito que se metía por zonas prohibidas para el peatón y la casa de los Olivera, con la abuela que me pasaba caramelos Fizz y me retaba porque asomaba la cabeza.

En un rincón de la habitación estaba la caja de cartón de las Mayco con mis juguetes, la pelotita de acero y los Lego, que siempre terminaban perdiéndose cada vez que jugaba con los autitos. El tetris había quedado lejos y ya estaba cansado de eludir preguntas, me levanté y lo dejé hablando solo. La atmósfera me oprimía el pecho y tomé el único camino que podía ser seguro, linea A hasta Primera Junta, seguro que desde ahí podía patear(una vez que haya descubierto como conseguir cospeles para el subte) hasta la casa del abu y verlo una vez más, seguro el sabía, siempre sabía. Pero el camino fue cambiando, estación por estación me asombraba al ver como las lamparitas amarillas cambiaban por tubos fluorescentes, los molinetes con palos de madera se convertían en acero y las boleterías no exhalaban aliento a viejo. Finalmente, el logo de Metrovías que me esperaba al final del recorrido me trajo de vuelta, y al salir me encontré en otro pasado. Caminé algunas cuadras y me vi, con anteojos, entre adolescentes nerviosos y llenos de adrenalina, los uniformes de pantalón bordó y chombas blancas, el escudo del secundario y un Excelsior sin remodelar. Marcos se apoyaba contra una pared y encendía uno de sus primeros cigarrillos, tosiendo y riendo con Ezequiel, delineando un fin de semana lleno de Gancia y cerveza. Decidí que si podía modificar el espectáculo, lo haría.

-Oíme, tarado, mejor que vayas volviendo para tu casa, que te espera el idiota ese que está planeando irse a vivir a Inglaterra y dejarlos a vos y tu vieja solos.

Nada. Era como si yo no estuviera ahí. Espectador de una horrible película de mi vida, sin poder ser parte de ella, el guión estaba escrito y nada podía hacerse más que caminar a la par de ellos, que ahora iban hacia plaza Flores, parar en la revistería a leer algunos comics y hablar de pelotudeces, como todo secundario, gaseosa de por medio, y, hasta a veces, algún combo de lo que debería haber sido Pumper. Fleco, fleco, fleco, cuan equivocado estabas al contarle a Ezequiel esas cosas tan privadas de tu fin de semana y hacer de intermediario entre amigos. Tendrías que haber comprado el muñequito de Janis Joplin para tu vieja y cerrar la boca. O terminar comiendo merenguitos en su casa, con la Play y el Tony Hawk y el pancho con papas y salsas, una novedad en Rivadavia y Nazca. La matiné de los sábados y dale, vieja, dame plata para ir a bailar, hoy es el cumpleaños de Laura y van a ir todos.

No quería seguir soportando, pero tampoco podía escapar, arrastrado ahora desde un lado hacia el otro por mi otro yo, más joven, reprochando problemas irreprochables. Cerré los ojos y apagué mis oidos. Y así estuve mucho tiempo, hasta el trueno que me hizo vibrar. Un pájaro de colores que nunca había visto antes se posó sobre una rama y me miró directamente, obligándome a permanecer espectador. Señaló con su pico el cielo, que se convirtió en un extenso manto azul, con una linea llena de puntos blancos en hilera que coincidía la avenida, y comenzó a moverse lentamente hacia el lado contrario al cual me dirigía(siempre arrastrado). Los edificios a mi alrededor tomaron un color violeta, convirtiéndose en una masa viscosa, derritiéndose, poco a poco, invadiendo la calle desde ambos lados. Todo seguía como si fuera un día más, soleado, lleno de colectivos y viejas que volvían a sus casas con las bolsas del supermercado llenas, pero no yo, que había quedado atrapado lentamente en la masa que ahora tenía metro y medio de profundidad y seguía subiendo. Cuanta más fuerza ejecutaba, más firme quedaba en esa mermelada que olía a lavanda y canela. Volví a cerrar los ojos cuando la marea alcanzó mi nariz. El pájaro ya no estaba cerca y una ráfaga de luz danzaba en el horizonte.

Los átomos que unían mi cuerpo decidieron separarse y tomar rumbos distintos, nadando, flotando, esparciéndose por el aire, llenando cada punto de la ciudad formando una fina capa entre el ahora océano violeta y el cielo que ya no era cielo, sino una mezcla nerviosa de luces que iban y volvían. Y ahora bajaba, como queriendo demostrar su superioridad frente a la tierra, y yo en el medio, desatomizado y formando parte del nuevo matrimonio. Solo que cuando el cielo(la masa de luces) se unió con la viscosidad violeta, todo fue nada, y dejé de existir. Pero, ¿fue antes o después?.

Golpean la puerta, la tormenta estaba instalada y la sangre brotaba de mi boca, Sol París maullaba y el ventilador cortaba el aire.

Habitación 402

1moreno2.jpgEl dilema: dar la última pitada de cigarrillo o el último sorbo de cerveza. Marcos pensaba esto mientras en sus manos sostenía una invitación permanente a Chile y sus bolsos permanecían tranquilos a su lado. Los dos meses que habían pasado bastaron para decidirlo, pero el cigarrillo o la cerveza. Y el mozo del bar friends esperaba impaciente la llamada del cliente para que pague la cuenta y se vaya, que la gente entraba y entraba y ya casi no quedaba lugar. Su celular sonó y ella escuchó lo que esperaba oír. Ya no habrían mas vueltas.

Pero antes Marcos se despedía de Dante, que se queda a vivir en el Sur, que consiguió trabajo de afuera y no necesita presencia física para llevarlo a cabo. Dante que ahora vive con Andrea, Dante feliz, Dante realizado. Chau viejo, cuidáte mucho y abrigáte en el invierno que la nieve se te mete hasta los talones. Y Andrea que agradecía el viaje.

Pero antes Marcos se había levantado esa mañana en una cama que no era de él, con un hueco y una nota que lo invitaba a un lugar desconocido, pero que podría ser su hogar si así lo quería. Sentía el cuerpo pesado pero aliviado de una siesta que lo reparó casi por completo. El espejo reflejó a otra persona, a una que él no conocía, una que aprendió tanto y ahora le transmitía ese conocimiento, y se sintió satisfecho. Lavó su cara, peinó cuidadosamente su pelo, se vistió y armó los bolsos. El centro cívico lo miró por última vez, con su Nahuel Huapi y su monumento a un Roca cansado y abatido, repleto de grafittis a modo de repudio. Y el viento tibio que fue acariciado por la cara de Marcos y con sus ojos cerrados dejaba entrar cada suspiro de las montañas cercanas, ellas, que tanto vieron y tanto lo resguardaron de la falsa inmensidad de Capital.

Pero antes Marcos había dejado una nota en el hotel:

7:35
Estoy por la zona y no podía dejar de pasar por tu hotel para saludarte. Esta noche van a hacerme una cena de bienvenida y me gustaría verte por ahí, pero si se te complican los tiempos todo bien!. Mi celular es … y la cena va a ser en … .
Un beso.

Marcos

1oficina.jpgPero antes Marcos conoció a Camila en la oficina y hablaron de sus vidas, el con las computadoras, ella con las relaciones públicas. Ella chilena, él argentino. El reggae que aturdía poco, infiltrándose en la piel y haciendo mover los cuerpos, con una luz negra que hacía brillar la ropa y sus ojos, esos ojos que había que mirar mientras se brindaba y luego besar esos labios que encontró perfectos y lo llevaron a la primera de tantas noches y días en donde ya no quería estar solo. Y el alcohol daba vueltas en su cabeza. Una mesa con la bandera de Jamaica pintada en toda su superficie les contó lo bien que la estaba pasando y ahora solo era ella y el mundo desaparecía a su alrededor, dejándolo a merced de la teoría en donde todo puede empezar de nuevo. A Marcos le gustaba Camila, y a Camila le gustaba Marcos, por si quedaba alguna duda. Y entonces esa primer noche-génesis los llevó a caminar por la orilla del lago, ese lago azul, que se te mete por la punta de los pies y si te zambullís el frío pasa rápido. Y las estrellas de un lado que ya no eran solo cuerpos azules(como el lago), sino que ahora eran estrellas y cada una de ellas era testigo mientras los faroles del otro lado emitían una luz anaranjada, que iba apagándose de a poco, anunciando el final de la noche.

Pero antes Marcos conoció a Matt gracias a un amigo poco lejano de Buenos Aires que vivió casi toda su vida en Bariloche y que ahora coincidía un par de semanas con él. Matt es un personaje de unos treinta y tantos que sabe hablar y ser sincero, es feliz en su mundo y se nutre noche y día de la esencia del paisaje, que funciona como cargador, y su mente y cuerpo de batería. Su pipa emite volutas de humo que no se alejan ni escapan, sino que se despiden de su dueño tristemente, pero satisfechas de haber cumplido su trabajo, desvaneciéndose en un aire que acaricia su tapado de pana verde y su cabellera castaña hasta los hombros. Matt llevó a Marcos a conocer un lugar llamado cariñosamente por sus habitúes la oficina, por razones obvias. Y fueron una, dos, diez veces a la oficina y compartieron historias de antaño y verdades que arrancan la piel, mezcladas entre cerveza y tabaco. La oficina es un pub como cualquier otro, con ese no-se-que que hace que uno se sienta cómodo, una especie de pseudo-hogar, que alberga tres mesas con sillas fijas en el pasillo principal por donde se entra(e inmediatamente luego de la entrada, a la izquierda, se encuentra una enorme estufa fuera de uso, convertida en la cuarta pero primera silla y escritorio) y luego un pasillo más largo que nos lleva a la pista principal, con las barras, el dj, las preciadas heladeras llenas de alcohol y afiches reggae pegados por todos los rincones, obvio que había de Bob Marley. Pero no, no se fumaba marihuana ahí adentro. -Ella es Camila.- dijo Matt, mientras seguía presentándome gente y se acercaba a mi oído -Apagá ese cerebro.

1moreno1.jpgPero antes Marcos llegó al Sur en una apolillada noche de perros histéricos, como si de un concurso de ladridos se tratara. Las luces del centro se sienten a lo lejos y el viento calmo arrulla a los arboles que esperan tranquilos la salida del sol. La estepa arida mide hasta medio metro a causa de las ovejas introducidas en la patagonia. Pueden apreciarse en antiguos dibujos de la campaña al desierto más de metro y medio de altura, y es que los ovinos corroyeron la estepa pisándola y devorándola, quedando así tan enana, tan triste. Y al día siguiente el extenso Moreno Oeste reflejaba los últimos vestigios de luz de las nueve, albergando en la base de una montaña a tres pacientes pescadores sobre rocas de distintas tonalidades de amarillo. En su sitio, Marcos apreciaba un árbol caído de copa, triturado en ella y con sus raíces ya muertas, pudriéndose poco a poco con el paso del reloj, y las montañas y cerros a lo lejos, perfilando verdes y marrones, con teros y aves que él no conocía. Su piel ardía luego de haberse quedado dormido aquel mediodía bajo la abrasadora estrella mayor, pero ardía de placer, ardía de alivio y el ruido de las pequeñas olas lo decidieron a nunca más volver a la capital, esa sucia capital, con su gente enferma, su transporte corrupto, su inseguridad constante, los grises edificios y el ruido, el ruido que lo volvió loco durante tanto tiempo, creyendo que no era locura, sino completa y normal urbanidad.

Pero antes Marcos hablaba con Dante sobre un viaje que debería cambiar sus vidas, Dante con su Malena ya lejos e invitando a Andrea a que se acerque. Entre fernet con coca y papas fritas de tubo hicieron las cuentas y todas cerraron. Sacaron los pasajes y el tiempo estimado en avión decía tres horas, tres horas y todo habrá quedado lejos, la ciudad, el corazón roto, el ruido, la opresión de oficina. Total antes Marcos ya no tenía nada que hacer ahí.

Osvaldo

yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla

Nicolás Maquiavelo

El sol posaba sus últimos rayos sobre los edificios que rodean al Parque Rivadavia y una suave brisa se deslizaba llevando consigo algunas hojas ya cansadas de observar desde las alturas. Salió de su casa para respirar un poco de paz, intentarlo más temprano hubiera sido lidiar con la plaga de gente que tanto lo incomoda.

Continue…