Antes era puro estudio

Escribir es como respirar, antes de decir nada hay que llenar los pulmones, oxigenar la sangre, tomar impulso y dar el salto. Así como nunca se sabe si la bocanada viene acompañada del hipo, es prácticamente imposible premeditar el inicio, podría terminar en una absoluta catástrofe en donde solo quede un puñado de palabras flotando en el aire, perdidas, desagradecidas, pero asesinas, mutilando a su dueño luego de haberle construido una jaula alrededor y oprimirlo hasta dejarlo, irónicamente, sin aire. Lo único que queda es entonces realizar el experimento de Schrödinger y abrir la caja, averiguar si el gato está vivo o muerto, porque parece que en nuestro contexto no pueden darse los dos casos al mismo tiempo.

- A ver si volvés a la realidad que acá estamos con algo importante, Dante.
- De que hablan, che?
- Malena dice que es imposible evitar el problema del como-te-va.
- A mi me va bien, estaba pensando en gatos.
- A vos hay que explicarte todo, salame. – Sofía tomó su típica postura de piernas cruzadas, y dándole un buen sorbo a su cerveza, continuó – Cuando saludás a alguien, parece haber como una complicidad tanto en el emisor como en el receptor, los dos preguntan al mismo tiempo(después del hola) un como te va o como andás que no tiene ningún tipo de respuesta, el dialogo termina ahí y es como si la frase nunca hubiera existido.
- Yo nunca tuve ese problema, cómo te va?.
- Es porque vos te dedicás a lo social. Diseñás, es una forma de comunicarse. Lo tenés desarrollado. Pero el resto de los mortales no es inmune y cada vez que pregunto a alguien como le va y no me responde, me revienta, dan ganas de enterarse que se está por morir.
- Si fuera por vos, que se mueran todos los presentes en este living. Pero igual no me respondiste como te va, te quejás pero estás en la misma bolsa, aprendé a no ser hipócrita.
- No entendés, la solución está en el problema…
- Vos no entendés -interrumpió Javier-, si a mi me preguntás como me va un Domingo a las ocho de la mañana yo te vomito en la cara y pido la cuenta. Pretendés confrontar a una pregunta desinteresada que se usa por pura cortesía solo porque te encaprichaste con saber como le va a la otra persona, y ni siquiera te interesa.
- Ahora se ponen todos en mi contra – protestó Sofía.
- No, yo pienso igual que vos – siguió Malena -, pero no podés culpar a la gente que no te responde, la mayoría de las veces es miedo al dialogo, creen que con la pregunta ya zafaron de quedar como unos antisociales y en realidad lo que están haciendo es reafirmar el concepto. Como te va? y no te responden. Listo, es un perfecto pelotudo, pero tiene su ventaja. Ante su silencio yo asumo que no me respondió como le va porque en realidad esa misma mañana descubrió que le va como la mierda y ahora mientras hablamos se está hundiendo una gillette en las venas. Yo no me quiero enterar esas cosas de los desconocidos, no sirvo de psicóloga ni mucho menos cargar en mi consciencia con fiambres.
- No hablés de fiambres que Javier se pone loco – bromeó Dante y le cayó un bollito de papel.
- Te vómito en la cara, gil – dijo Javier -. La realidad es que no van a tener respuesta nunca, quieran o no, el verdadero dialogo se da entre los de confianza, aunque no haya contenido. Yo directamente digo Hola y se acabó la historia, si me preguntan como me va les digo que seguro mejor que ellos, y que no me rompan las bolas porque les dejo todo el baño cagado.
- Vos y tus metáforas -dijo Dante.
- Que metáforas?, les lleno el inodoro de mierda y ahí sí les va a ir mal, por si quedaba alguna duda.

A fin de cuentas parece que en realidad no importa. Si te va bien, te va mal, la que te llora en la tumba es tu mujer o tus hijos, si es que todavía alguno te habla y si tuviste mujer e hijos en algún momento. La luz se puso un poco tenue y se habla de cualquier cosa acá, antes era juntarse a hacer trabajos prácticos, estudiar, ahora es pura cerveza y filosofía barata. O el Fernet en su medida justa, con la cantidad de hielo exacta y una fina capa de espuma, después te queda un poco en el labio y la lengua la recoje satisfecha, saboreando ese primer trago que enciende todos los sentidos, recorre todo el sistema digestivo endulzándolo y pide más.

- Che, quedó Fernet ? – dijo Dante levantándose y dirigiéndose a la heladera.
- Vos te quejás, pero también usás Converse, o sea que tenés algo en común con ellos – le reprochaba Malena a Sofía.
- No me jodás, no pasa por la ropa, es la mente lo que interesa, y no me podés decir que no se visten como un teletubbie drogado – dijo Sofía.
- No, pero es una etapa, después crecen y tienen una vida – dijo Malena.
- Mentira, esos pibes se mueren sin haber aprendido nada de la vida. Y no es vive y deja morir, cuando vas al shopping están por todos lados y no te dejan ser – dijo Sofía.
- Ah, la señorita todo el día de shopping – dijo Javier -, bancátela, así funcionan las cosas hoy.
- Siempre tan conformista, Javier – dijo Sofía -, ahora me vas a decir que te podés sentar a leer tranquilo en el Abasto y que son parte de un paisaje pintoresco.
- Yo al Abasto voy al cine nada más – dijo Javier-, cuando me toca gratis, y me divierto haciendo ruido en mi butaca, la gente se escandaliza tanto cuando no seguís las reglas, lo más gracioso es que después ellos tienen el celular encendido o mastican con la boca abierta, te dan ganas de escupirles en la cara para que sientan lo molesto que es.
- Como hacer ruido desde tu butaca – dijo Malena.
- Es distinto -dijo Javier-, yo protesto contra el metódico funcionamiento de este sistema. Por que tengo que viajar parado en el subte si pago la misma cantidad que los que viajan sentados?. El tema está en que a la administración no le interesa el usuario, ellos quieren hacer circular la moneda teniendo toda la infraestructura atada con alambres. Que viajen todos como ganado, total nadie hace nada porque están más preocupados en rellenar sus vidas con cosas rutinarias. Se quejan desde su lugar, claro, pero sentados como cerdos en frente de un televisor y viendo programas de chimentos. “Mirá como está el país, es una vergüenza” te dicen, pero si les preguntás que están haciendo para cambiarlo se ruborizan y se cagan encima.
- Hoy estás con la idea fija – dijo Sofía-. Y vos que hacés para cambiar las cosas ?
- Avivo giles – dijo Javier.
- Muy profundo – dijo Sofía.
- Exactamente – dijo Javier-, y no me dejo engañar por esta capital. La superficie está llena de gente que cree que piensa y que tiene su vida hecha, hasta acá llegamos y ya no hay más que hacerle. Al país le va mal porque la culpa siempre es del otro, y cuando saben que la culpa es de ellos, que hacen ? patean la pelota, siempre. Vos te dás cuenta de que estaríamos un poquito mejor si cada uno asumiera responsabilidad?. Y no soy conformista.
- Pero así no tiene gracia – dijo Dante ubicándose de vuelta al lado de Malena -, de que te sirve a vos que todo el mundo empiece a pensar? lo único que lograrías es dejar en evidencia que sos un tarado.
- Vos asumís que yo creo que pienso un poco mejor porque el resto de la gente está idiotizada -dijo Javier-. Acá Darwin tenía razón, y no con el más fuerte físicamente(a veces sí, pero no), sino con el más fuerte de mente. Tenés el pequeño grupo de personas que vive bien porque supo usar su inteligencia y tenés al resto, ahí te encontrás con ignorantes, cómodos y resignados, y a esos no los podés descartar porque existen los derechos humanos.
- Que comentario oscuro, nene – dijo Malena golpeándole el hombro.
- Hay un poco de verdad en eso – dijo Sofía – suponete que seamos todos de mente superior, sabés que lindo quilombito intelectual se armaría?, es un equilibrio. Pero vos entonces no te quejés y aprovechate de eso, sino para mi sos un más.
- No me importa lo que pienses – dijo Javier -. Yo vivo mi vida y la vivo feliz.
- Amén – dijo Dante, y se terminó de un sorbo su Fernet.

Y quienes somos nosotros para juzgar? porque acaso podría venir uno superior a nosotros y nos da de a patadas en el culo. Nos divertimos apuntando los defectos de la gente pero los defectos los traemos nosotros. Ellos tal vez ni se percatan de nuestra existencia y acá estamos, como unos boludos discutiendo sobre su ropa. Yo tenía que terminar con un diseño hoy, pero que paja. Mañana me levanto temprano y listo.

Más tarde, cada uno siguió por su lado, Dante dejó a Malena, que estaba bastante borracha, en su casa, la metío en la cama y le dejó el balde al lado por si quería vomitar, este Javier siempre con sus premoniciones. Se volvió a poner la campera y salió al frio de la noche, que no albergaba ninguna nube nocturna y llenaba el cielo de pecas blancas, moviendose lentamente hacia la salida del Sol. Compró unas facturas calentitas en la panadería de en frente. Esto sí que es vida – pensó -. Yo en mi pequeño mundo con mi mate, Male y la pc, en ese orden. No podría sentirme más ignorantemente satisfecho. Buen día, como le va, me dá La Nación?.

Apagón

No tenía cara. Por supuesto que estaba ahí, pero era como sí. Tampoco tenía cuerpo. Ni altura. Se movía dentro del grupo como si fuera un fantasma. Indeseado, pero fantasma al fin. Se venía en tren desde el conurbano solo para confirmar una y otra vez que no pertenecía al grupo. Ni a ninguno. Y es por eso que los ataques psicóticos brotaban cada vez, tratando de llamar la atención. Tratando de encender una luz cuando por su cuerpo(su no-cuerpo) no corría electricidad.

Trabajaba de administrativa. Moviendo papeles de un lado a otro y cumpliendo horarios tan normales y rutinarios como el amanecer, ese que miraba con nostalgia y preguntaba en que rincón de su vida había perdido la voluntad de querer entender los colores primaverales, el rocío, el olor del pasto húmedo y, por supuesto, el gusto del café.

Su oscuro pelo caía sobre el rostro de aquellos hombres con los que creía estar haciendo el amor, en una completa histeria que los envolvía y terminaba espantando, llorando sin poder sentir el calor de la piel ajena y sumergiéndose en Radiohead, PJ Harvey y Fiona Apple. El sexo terminaba siendo un elemento más en su inventario de absolutamente-nada, ahora llueve y las gotas recorriendo una mano sin nervios, sin frió ni calor, frotándola contra el jean, secando el vacío.

Estaba acostumbrada a que su aniversario sea un año más en su documento, aunque aquella noche fue ligeramente descubierta por un tal Sebastián, mucho gusto. Terminar en su cama roída por desesperanzas y resignación, transformadas en un desayuno que le prometía un cambio de rumbo, uno en donde se cante el feliz cumpleaños y se regalen rosas y el quedate conmigo, que no tenemos que hacer nada este Domingo.

Pero como ella ya suponía, algunos meses después, cuando casi logra despertar del letargo, Sebastián aburrido siguió el rumbo solo, argumentando falsas excusas y no-sos-vos-soy-yo.

Los canales del Tigre

Escena:
Juan carlos se encuentra con sus amigos nadando en un canal del Tigre, en un día de extenuante calor y sol radiante, un leve aroma a jungla mezclado con el particular olor a podrido del río los envuelve, cuando de repente roza con su pierna algo parecido a un cuerpo humano. Completamente aterrorizado, notifica a sus amigos acerca del desencuentro, obteniendo burlas como respuesta. Acto seguido, algo lo toma desde sus pies, y este comienza a hundirse.

Lentamente perdiéndose en el agua y con una cara desfigurada por la desesperación y el horror, Juan Carlos se despide de sus amigos, con un brazo en alto, y cuando el agua llega al nivel de la muñeca de este, ya entregado a su suerte, hace el signo muy conocido por los romanos de aprobación del Cesar.

Esencia a vainilla

Una batería golpeada por escobillas se colaba desde lo lejos por mis oídos y a medida que iba acercándome a la librería de Bogotá 107 los instrumentos se iban sumando; un punteo mágico haciendo las veces de una trompeta ausente, una guitarra que hacía el ritmo y por último pero no por eso menos importante, las notas de un piano vertical que seguro databa de la década del ’30, pero sonaba como si fuera recién estrenado. No había duda, era jazz, puro, sólido, armonioso. Pero al mismo tiempo sucio, lento y desgarrador. Y al llegar a dicha librería, con una vidriera gigante, separada por una puerta de hierro-pintada de celeste- y, también, vidrio, con sus libros viejos pero bien cuidados, ordenados y apilados en estanterías que iban desde el suelo hasta el techo y piso de madera, con una luz tenue que haría temblar a cualquier polilla rebelde, observé que de la vereda de la calle emergía un techo -también de vidrio- protegido con rejas, y a través de él podía ver a los perpetradores de esta melodía que estaba recorriendo mi cuerpo salvajemente, haciéndome cosquillas, arrancándome el alma, vía partitura, vía improvisación. Entrar hubiera sido una falta de respeto, así que armé un pucho, tabaco con esencia a vainilla y filtro, claro. Ellos estaban tan concentrados, esclavos de sus instrumentos, creando esa música que me desintegraba. Una botella de vino sobre una mesita, la misma luz tenue, ellos, su música y yo.

El tiempo pasaba y me encontraba más y más sumergido entre esas partituras. El frío instalándose, poco a poco. El quilombo de la calle se iba apagando, convertido en murmullo, algunas hojas secas caían desde los árboles, producto del suave viento que ahora corría. Era de noche. Había quedado a mitad de camino, encadenado a estos acordes. Completamente preso e imaginando estar sentado entre la guitarra rítmica y la batería, compartiendo un suave néctar cabernet, la esencia a vainilla, dejando que la luna emita su luz a través de ese techo por el cual estaba espiando. Que la ciudad sea testigo de mi placer, mi corazón bombeando sangre, despertando a mi sistema nervioso, agudizando mis tímpanos, calentando las yemas de mis dedos, que ahora jugaban distraídamente con un nuevo cigarrillo. Exhalar y el humo que acariciaba libros que fueron leídos miles de veces, bajar la mirada y encontrarme con una masa homogénea que era cómplice de mi despertar, cómplice de mi ausencia en el mundo. Entrar hubiera sido una falta de respeto. Pero ellos ahí, siendo creadores de mi perdición, siendo su mundo, su universo, golpeando suavemente la batería, punteando ligeramente sobre la guitarra, tecleando armoniosamente sobre el piano, siguiendo un ritmo fuera de este planeta, transportándome a una época en la cual no existía, una fuera del tiempo, del lugar. La vida y la muerte eran una sola y hacían el amor, se reían de mi porque miraba desde afuera. Pero yo estaba adentro, sentado entre la guitarra rítmica y la batería, golpeando una rodilla con mi mano; tap, tap-tap, tap, tap-tap. Campos de amapolas acariciaban mi rostro y me dirigían hacia un éxtasis inminente, de vuelta hacia la soledad, de vuelta hacia el mundo conocido, de vuelta a casa.

No, esta era mi casa, no quería ser arrancado de ella. La base final, el punteo que dice adiós. Y ellos que se miraron, sabiendo lo que habían hecho, lo que habían repetido, como tantas otras noches, solo que esta vez fui testigo, fui condenado, esclavo, preso, muerto y resucitado. El silencio se instaló y descubrí amargamente que había sido vomitado de vuelta a las fauces de esta maquina bestial. Pero ahora corría con ventaja, ahora sabía cuando y donde. Ahora conocía el portal.

Uno de ellos levantó la vista y vio que una lagrima recorría mi cara. Fue clemente, no me delató, entendió mi mundo, supo que era también el suyo. Y con un ademán me invitó a pasar.

Entrar hubiera sido una falta de respeto.

Siglo Pasado

Desperté en una habitación que conocía solo por historias externas. Los discos de vinilo se apilaban en una biblioteca improvisada con ladrillos de construcción y tablones de madera. Había posters de Robert Smith, Prince, Soda Stereo y hasta creo Durán Durán, diseminados por todo el departamento, con sus pisos de parqué y el aspecto de casa de adolescente. Una heladera que comenzaba a ronronear me sacó de mi estado hipnótico, la luz gris entraba por una ventana que delataba una escena llena de un aire perteneciente al año 1988. Me asomé por ella y pude confirmarlo; un Pumper Nic a mitad de cuadra brillaba en todo su esplendor y afiches de Alfonsín se despegaban poco a poco en algunas paredes, con esa gente vestida y peinada igual que hoy, solo que los autos no eran modernos.

¿En que momento llegué acá? ¿antes, después? ¿después del antes o antes del después? Sí dormía-por haber despertado- nunca lo supe, mi cuerpo no sintió el cambio de clima, ni cuando el ventilador dejó de sonar ni Sol París dejando de maullar. Tampoco logro recordar quien golpeaba la puerta, o si llegué hasta ella después de haber tropezado con la silla que parecía intencionalmente puesta a mitad de camino, tapándome la boca por el dolor y hasta creo que había sangre. Pero ahora no.

El calor me fue subiendo desde los talones cuando escuché una voz familiar en un tono mucho más joven detrás mio. No, yo tampoco sabía que estaba haciendo ahí, pero sí se tocar una guitarra, y eso que está ahí no lo es. Hacía frío, cerré la ventana y me senté entre dos pilas de diarios a observar el agujero en el universo que me trajo hacia ese momento en donde hasta la primaria estaba muy lejos todavía para mí, ese yo que estaba en otro lado, comiendo Frenny’s en otro Pumper, o visitando el mundo del juguete, adorando los camioncitos a batería que siempre el abuelo me llevaba a alquilar en el parque Avellaneda, con el trencito que se metía por zonas prohibidas para el peatón y la casa de los Olivera, con la abuela que me pasaba caramelos Fizz y me retaba porque asomaba la cabeza.

En un rincón de la habitación estaba la caja de cartón de las Mayco con mis juguetes, la pelotita de acero y los Lego, que siempre terminaban perdiéndose cada vez que jugaba con los autitos. El tetris había quedado lejos y ya estaba cansado de eludir preguntas, me levanté y lo dejé hablando solo. La atmósfera me oprimía el pecho y tomé el único camino que podía ser seguro, linea A hasta Primera Junta, seguro que desde ahí podía patear(una vez que haya descubierto como conseguir cospeles para el subte) hasta la casa del abu y verlo una vez más, seguro el sabía, siempre sabía. Pero el camino fue cambiando, estación por estación me asombraba al ver como las lamparitas amarillas cambiaban por tubos fluorescentes, los molinetes con palos de madera se convertían en acero y las boleterías no exhalaban aliento a viejo. Finalmente, el logo de Metrovías que me esperaba al final del recorrido me trajo de vuelta, y al salir me encontré en otro pasado. Caminé algunas cuadras y me vi, con anteojos, entre adolescentes nerviosos y llenos de adrenalina, los uniformes de pantalón bordó y chombas blancas, el escudo del secundario y un Excelsior sin remodelar. Marcos se apoyaba contra una pared y encendía uno de sus primeros cigarrillos, tosiendo y riendo con Ezequiel, delineando un fin de semana lleno de Gancia y cerveza. Decidí que si podía modificar el espectáculo, lo haría.

-Oíme, tarado, mejor que vayas volviendo para tu casa, que te espera el idiota ese que está planeando irse a vivir a Inglaterra y dejarlos a vos y tu vieja solos.

Nada. Era como si yo no estuviera ahí. Espectador de una horrible película de mi vida, sin poder ser parte de ella, el guión estaba escrito y nada podía hacerse más que caminar a la par de ellos, que ahora iban hacia plaza Flores, parar en la revistería a leer algunos comics y hablar de pelotudeces, como todo secundario, gaseosa de por medio, y, hasta a veces, algún combo de lo que debería haber sido Pumper. Fleco, fleco, fleco, cuan equivocado estabas al contarle a Ezequiel esas cosas tan privadas de tu fin de semana y hacer de intermediario entre amigos. Tendrías que haber comprado el muñequito de Janis Joplin para tu vieja y cerrar la boca. O terminar comiendo merenguitos en su casa, con la Play y el Tony Hawk y el pancho con papas y salsas, una novedad en Rivadavia y Nazca. La matiné de los sábados y dale, vieja, dame plata para ir a bailar, hoy es el cumpleaños de Laura y van a ir todos.

No quería seguir soportando, pero tampoco podía escapar, arrastrado ahora desde un lado hacia el otro por mi otro yo, más joven, reprochando problemas irreprochables. Cerré los ojos y apagué mis oidos. Y así estuve mucho tiempo, hasta el trueno que me hizo vibrar. Un pájaro de colores que nunca había visto antes se posó sobre una rama y me miró directamente, obligándome a permanecer espectador. Señaló con su pico el cielo, que se convirtió en un extenso manto azul, con una linea llena de puntos blancos en hilera que coincidía la avenida, y comenzó a moverse lentamente hacia el lado contrario al cual me dirigía(siempre arrastrado). Los edificios a mi alrededor tomaron un color violeta, convirtiéndose en una masa viscosa, derritiéndose, poco a poco, invadiendo la calle desde ambos lados. Todo seguía como si fuera un día más, soleado, lleno de colectivos y viejas que volvían a sus casas con las bolsas del supermercado llenas, pero no yo, que había quedado atrapado lentamente en la masa que ahora tenía metro y medio de profundidad y seguía subiendo. Cuanta más fuerza ejecutaba, más firme quedaba en esa mermelada que olía a lavanda y canela. Volví a cerrar los ojos cuando la marea alcanzó mi nariz. El pájaro ya no estaba cerca y una ráfaga de luz danzaba en el horizonte.

Los átomos que unían mi cuerpo decidieron separarse y tomar rumbos distintos, nadando, flotando, esparciéndose por el aire, llenando cada punto de la ciudad formando una fina capa entre el ahora océano violeta y el cielo que ya no era cielo, sino una mezcla nerviosa de luces que iban y volvían. Y ahora bajaba, como queriendo demostrar su superioridad frente a la tierra, y yo en el medio, desatomizado y formando parte del nuevo matrimonio. Solo que cuando el cielo(la masa de luces) se unió con la viscosidad violeta, todo fue nada, y dejé de existir. Pero, ¿fue antes o después?.

Golpean la puerta, la tormenta estaba instalada y la sangre brotaba de mi boca, Sol París maullaba y el ventilador cortaba el aire.

Síndrome de Chofer

Pero que día desprolijo, che, un clima de tragedia y siempre saliendo a cualquier hora. Que buscarlos a este hotel, que buscarlos al otro, así no se puede laburar. Ojalá que llueva, con toda la tierra que me espera por los ripios.

Insoportable la gente, no paran de hablar. Y esta guía que se las cree todas, si total el diablo sabe más por viejo que por diablo, estas rutas son mías, que carajos me importa si la punta de ese cerro tiene forma de monje, duendes subiendo, tren o cáncer de mama.

Menos mal que el hambre es una sola, me voy a comer unos sanguches y un vinito en el kiosco de Julio con los muchachos y parar cada veinte minutos a mirar lagos y flores, como si nunca hubieran visto agua y tierra. Insoportables. Que me importa si a los monjes los mataron esos indios ignorantes, si no había fobal, esos no tenían ni idea y encima se murieron andá a saber hace cuantos años.

Y dale con que apague el aire, no se dan cuenta que estoy hecho una sopa acá adelante. No, si estos no te aprecian nada. Ah, pero para protestarte porque no tenés música sí, o porque lo pasé al chileno ese en la curva, un queso manejando la Toyota. Nada, no saben nada estos, todo es gastar, sacar fotitos y hablar hasta por los codos. Pero cortala con los grititos, nenita, que ya llegamos, a ver si se bajan y me dejan en paz dos horitas. Que si, que pueden ir al Mendieta, total gastan que da miedo.